sábado, 11 de diciembre de 2010

Guerreros de la Luz

"...Somos responsables de todo lo que pasa en este mundo. Somos los Guerreros de la Luz. Con la fuerza de nuestro amor, de nuestra voluntad, podemos cambiar nuestro destino, y el de mucha gente.
    Un día llegará en que el problema del hambre podrá ser resuelto con el milagro de la multiplicación de los panes. Un día llegará en que el amor será aceptado por todos los corazones, y la más terrible de las experiencias humanas - la soledad, que es peor que el hambre - será barrida de la faz de la Tierra. Un día llegará en que quienes toquen a la puerta la verán abrirse; los que piden recibirán; los que lloran serán consolados.
    Para el planeta Tierra, ese día está todavía muy lejano. Sin embargo, para cada uno de nosotros, ese día puede ser el día de mañana. Basta aceptar un hecho simple: el amor, el de Dios y el del prójimo, nos muestra el camino. No importan nuestros defectos, nuestros peligrosos abismos, nuestro odio reprimido, nuestros largos momentos de debilidad y desesperación: si queremos corregirnos primero para después partir en busca de nuestros sueños, jamás llegaremos al Paraíso. Si, por el contrario, aceptamos todo lo que hay de equivocado en nosotros, y aun así creemos que merecemos una vida alegre y feliz, entonces estaremos abriendo una inmensa ventana para que entre el Amor. Poco a poco, los defectos desaparecerán por sí mismos, porque quien es feliz sólo puede mirar al mundo con Amor, esa fuerza que regenera todo lo que existe en el Universo..."

Extraído para ti del Libro de Paulo Coelho "Las Valkirias"

domingo, 5 de diciembre de 2010

La Mariposa

Mi mamá era hija de una pareja de campesinos de Entre Ríos. Nació y creció en el campo, entre animales, pájaros y flores. Ella nos contó que una mañana, mientras paseaba por el bosque recogiendo ramas caídas para encender el fuego del horno, vio un capullo de gusano colgando de un tallo quebrado. Pensó que sería más seguro para la pobre larva llevarla a la casa y adoptarla a su cuidado. Al llegar, la puso bajo una lámpara para que le diera calor y la arrimó a una ventana para que el aire no le faltara. Durante la siguientes horas mi madre permaneció al lado de su protegida esperando el gran momento. Después de una larga espera, que terminó recién a la mañana siguiente, la jovencita vio cómo el capullo se rasgaba y una patita pequeña y velluda asomaba desde adentro. Todo era mágico y mi mamá nos contaba que tenía la sensación de estar presenciando un milagro. Pero, de repente, el milagro pareció volverse tragedia.
La pequeña mariposa parecía no tener la fuerza suficiente para romper el tejido de su cápsula. Por más que hacia fuerza no conseguía salir por la pequeña perforación de su casita esfímera. Mi madre no podía quedarse sin hacer nada. Corrió hasta el cuarto de las herramientas y regresó con un par de pinzas delicadas y una tijera larga, fina y afilada que mi abuelo usaba en el bordado. Con mucho cuidado de no tocar al insecto fue cortando una ventana en el capullo para permitir que la mariposa saliera de su encierro. Después de unos minutos de angustia, la pobre mariposa consiguió dejar atrás su cárcel y caminó a los tumbos hacia la luz de la ventana. Cuenta mi madre que llena de emoción abrió la ventana para despedir a la recién llegada, en su vuelo inaugural. Sin embargo, la mariposa no salió volando, ni siquiera cuando con la punta de las pinzas la rozó suavemente. Pensó que estaba asustada por su presencia y la dejó junto a la ventana abierta, segura de que no la encontraría al regresar.
Después de jugar toda la tarde, mi madre volvió a su cuarto y encontró junto a la ventana a su mariposa inmóvil, las alitas pegadas al cuerpo, las patitas tiesas hacia el techo. Mi mamá siempre nos contaba con qué angustia fue a llevar el insecto a su padre, a contarle todo lo sucedido y a preguntarle qué más debía haber hecho para ayudarla mejor. Mi abuelo, que parece que era uno de esos sabios casi analfabetos que andan por el mundo, le acarició la cabeza y le dijo que no había nada más que debería haber hecho, que en realidad la buena ayuda hubiera sido hacer menos y no más.
Las mariposas necesitan de ese terrible esfuerzo que les significa romper su prisión para poder vivir, porque durante esos instantes, explicó mi abuelo, el corazón late con muchisima fuerza y la presión que se genera en su primitivo árbol circulatorio inyecta la sangre en las alas que así se expanden y la capacitan para volar. La mariposa que fue ayudada a salir de su caparazón nunca pudo expandir sus alas, porque mi mamá no la había dejado luchar por su vida. Mi mamá siempre nos decía que muchas veces le hubiese gustado alivianarnos el camino, pero recordaba a su mariposa y prefería dejarnos inyectar nuestras alas con la fuerza de nuestro propio corazón.

 
Extraído del Libro: "Contá conmigo" de Jorge Bucay