jueves, 10 de noviembre de 2011

El Mapa de Una Vida

Pescador sucrense
Era una cálida tarde de otoño, en medio del bosque lo encontré a él.
Calmo, callado, distante, su nombre era Juan.
Yo estaba de paso, juntando piñas, ramitas y hojas secas para prender el fuego de un ansiado asadito prometido por mi viejo.
Cuando de repente el cielo se volvió gris, un fuerte viento comenzó a levantar hojas y ramas.
El chillido de las ramas que se golpeaban entre ellas era ensordecedor, y cantidades de hojas secas volaban a mi alrededor.
No podía ver el camino a seguir, lo único que sentí fue su áspera mano tomando mi brazo, guiándome a salir de ese lugar. Y entre el sonido del viento golpeando en mis oídos, sentía su voz, que por más que se esforzaba gritando, no lograba escuchar bien. Solo distinguía que decía; “¡yo les dije que volvieran, se los dije!”, me miraba angustiado, preocupado, mi mente y mi cuerpo solo querían salir de ese lugar.
Llegamos a la cabaña de mis viejos donde se despidió bajando su cabeza, sin mencionar palabra, con ceño fruncido y tristeza en su rostro.
Esa noche no pude dormir, pensaba en sus palabras, el viento seguía igual de bravo que en la tarde y zumbaba en la ventana. El taca taca de los marcos de la puerta retumbaban en mi sien y no dejaban conciliar mi sueño, en mis pensamientos solo estaba su rostro. Y en su rostro, las líneas que marcaban el mapa de su vida, los surcos de mares recorridos, hazañas y aventuras, que más adelante conocí, y entendí el porque de esa frase.
Por fin amaneció y con el sol vino la calma al bosque, y con la calma el recuerdo de Juan. Recuerdo que invadía mi ser.
Mamá tenía pronto el café, el aroma en la cocina invitaba a una linda charla, que comenzó contando lo que me había sucedido la tarde anterior. Mi padre escuchó desde el jardín y me dijo: “¡Viste a Juan!” lo mire extrañada y me afirmó; “ese del que hablas es Juan”.
“Recién acabo de escuchar en la radio que partió la semana pasada, como habitualmente lo hacía. ¡Gran pescador del pueblo!, y se volvió. Parece que les dijo a sus jóvenes compañeros de pesca que se venía una gran tormenta, tan grande, como la de hace varios años atrás, donde sufrió un naufragio, en el que estuvo varado 3 meses. Estaban teniendo tan buena pesca, que sus compañeros no lo escucharon y no quisieron volver. Él pidió que lo fueran a buscar, después de varios intentos y de contarles lo que le había sucedido. Aunque los muchachos ya lo sabían, no le hicieron caso.
Hoy en la radio salió la noticia de que estaban buscando a los pescadores de esa embarcación”.
Cuando termine de escuchar a mi padre, un frío corrió por todo mi cuerpo, y solo recordaba el rostro afligido de ese hombre.
Mas tarde, salí nuevamente al bosque y comencé a caminar sin rumbo, observando los árboles, paseando por un hermoso camino de hojas secas. Los haces de luces parecían guiarme, y de repente, me tope con una vieja cabaña, algo descuidada, adornada de salvavidas, cuerdas gruesas; unas redes grises colgaban de algunas esquinas. Un perro cojo salió moviendo su cola invitándome a entrar, la puerta estaba abierta y una sensación de paz me invadió por completo. Golpeando mis palmas pregunte si había alguien y entré.
Me encontré en un mágico lugar, donde se escuchaba el sonido de una radio mal sintonizada y recortes viejos de diarios estaban pegados en una pared, en cada noticia, nombraban a “Juan el pescador” .
Sobre la mesa, encontré un viejo libro de tapa gruesa que decía; “Mis Viajes”.
Mi curiosidad no pudo evitar abrir el gastado material que evidenciaba los trazos de una vida, agitada por las olas de un bravo océano, de experiencias sumergidas en una triste soledad.
Me senté en un cómodo sillón, sin siquiera pensar que estaba en un lugar extraño para mi, donde nadie me había invitado a entrar, mas que un perro juguetón.
En ese mismo instante perdí la noción del tiempo. Me sumergí en un mar de intrigantes historias de peces y pescadores.
Quizás pasaron horas desde el momento en que entré en ese maravilloso lugar, lo único que sé, es que las historias narradas hicieron recorrer en mi cuerpo las mas diversas sensaciones y desee con todo mi corazón volver a ver a Juan.
Caía la tarde cuando me fui de la cabaña despidiéndome de su perro.
Cuando llegue a casa volví a contar lo sucedido y las miradas de mis padres, no me devolvieron la misma alegría que yo traía.
En sus miradas me trasmitieron compasión, sentimiento que no entendí. Después de un largo silencio me eche a llorar. Nunca más volvería a ver a Juan y hasta el día de hoy recuerdo su rostro, en el cual los años, la experiencia, el árido sol y el agua salada, habían escrito el mapa de su vida.

Texto creado para el Taller de Escritura Colaborativa de http://www.ciberlalia.com/
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